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  • 2015 
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Nerea Martinez Urruzola

La Unión hace la fuerza

La unión hace la fuerza | La jefa manda | Trailrun.es

Suena el despertador. Las 4 de la mañana. ¡Vaya horas! Maribel y yo nos miramos… ¡Qué necesidad! Últimamente esta frase me ronda demasiado por la cabeza haciéndome dudar a cada instante de si quiero o no seguir poniéndome un dorsal. Al menos esta vez será diferente, correré en pareja. Compartir una carrera con mi amiga es un aliciente nuevo que me motiva y me hace ver la competición desde otra perspectiva. Siento el temor de mi compañera por no estar a la altura; cree ser un lastre para mí. Pero no entiende que si hemos decidido correr juntas es porque deseo compartir esta experiencia con ella, asumiendo desde el primer momento que el equipo será tan fuerte como lo sea la más débil y que juntas trabajaremos por el bien de las dos. Es más, yo llevo un gemelo tocado y el miedo a que no me deje correr, lo tengo bien presente.

Amanece en la pequeña localidad francesa de Urepel antes de la salida. Verdes praderas nos rodean bajo un cielo amenazante. Habituada a salir como si me fuera la vida en ello, encuentro placer en correr más tranquila esperando que mi amiga encuentre su ritmo. Tramos de pista y senderos a media ladera donde correr de forma fluida, se suceden con abruptas subidas y descensos verticales que ponen a prueba rodillas y tobillos. Los paisajes son un regalo para nuestros sentidos. El viento sopla fuerte en las cimas, pero la temperatura resulta ideal. Nos libraremos de la lluvia. Vigilo continuamente a mi compañera, alentándola, instándola a sacar lo mejor de sí misma pero siempre en ese punto de equilibrio que no la haga derrumbarse. Observo su rostro, sé que va sufriendo, pero no protesta. Su total entrega es admirable. Formamos un tándem perfecto. Estoy disfrutando como nunca. El último descenso es de infarto, de los que si tropiezas acabas rodando hasta abajo; la rodilla de Maribel protesta. Tememos que no la deje correr. Pero en cuanto el terreno pierde inclinación, parece darle tregua. El calor ahora resulta sofocante. Las fuerzas van ya justas, pero no podemos rendirnos, casi estamos. Se ve la iglesia de Saint-Etienne-de-Baigorry, parece que no lleguemos nunca. La emoción nos embarga atravesando las calles de este pequeño pueblo vasco-francés que conserva su encanto y autenticidad. Nos fundimos en un abrazo agradecidas por el esfuerzo compartido. Primera etapa superada con creces. Mañana será otro día.

Apuramos quince minutos más de sueño; hoy cuesta horrores levantarse. A los primeros movimientos las secuelas del día anterior se hacen notar. Uno de mis tobillos duele (afortunadamente el gemelo parece haberse recuperado). Nos da la risa pensando en calzarnos las zapatillas de nuevo. Esto no es normal, estamos locos.

Desde el mismo Urepel arranca la segunda etapa. Increíble lo rápido que responde el cuerpo. Siento el tobillo pero no parece serio, me dejara correr. Maribel parece encontrar el ritmo mejor que ayer. El viento sopla hoy con mucha más fuerza obligándonos por momentos a abrigarnos. Nubes negras se ciernen sobre nosotras pero aguantan sin derramar ni una gota. A pesar de la dureza del recorrido, volvemos a disfrutar de unos paisajes que reverdecen en todo su esplendor. El trabajo en equipo vuelve a obrar maravillas. Los últimos kilómetros resultan extenuantes para mi amiga, lo ha dado todo por mí, vaciándose por completo. A pesar del dolor y la fatiga, siento el orgullo en su mirada, la satisfacción de haberse superado a sí misma.

Y sí, amiga, eres mucho más fuerte de lo que tú te crees. Estos dos días te lo has demostrado a ti misma. A veces necesitamos una motivación que nos haga sacar la mejor versión de uno mismo. Gracias por tu esfuerzo, tu entrega, tu lucha… lo has dado todo por complacerme. Sin tu saberlo me has ayudado a disfrutar nuevamente de correr por la montaña, invirtiendo el orden de prioridades. Has logrado que me olvidara del dorsal para cuidar de nosotras, anteponiendo la amistad al resultado. En la etapa en la que me encuentro llena de dudas, miedos, preguntas sin respuestas… no puedo estarte más que agradecida. Fuiste la fuerza que impulsó mis piernas, corazón y mente.

Siempre hay una razón que nos empuja a seguir entre las tinieblas, sólo hay que encontrarla

 

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HOY CORRERE POR TI

No puedo creer que esté de camino hacia Ager, villa leridana, situada en la zona pre-pirenaica, al norte de la comarca de la Noguera. Hace tan sólo unos días me convencí a mí misma de que dejaba la competición. La muerte inesperada de un amigo corremonte ha despertado en mí unos miedos irracionales difíciles de controlar. Tras muchos “dimes y diretes”, trato de racionalizar lo ocurrido y controlar mi mente, que parece ir por libre. El viaje compartido, la convicción de querer seguir corriendo, las ganas de vivir una nueva experiencia… pueden más que mis temores.

Tomamos la salida a las once de la noche desde la Colegiata de San Pedro de Ager, conjunto monumental situado en el punto más alto de la villa. La temperatura es agradable. Unos primeros kilómetros muy cómodos nos van encaminando hacia la primera ascensión del recorrido. Las piernas van frescas y el camino se deja hacer. Las cintas no se ven, carecen de reflectante y son negras, hay que mantener la concentración para no perderse. Sin darme cuenta he subido, bajado y estoy coronando la segunda cima cuando mi frontal deja repentinamente de alumbrar. Contaba con que duraría más la luz. No obstante llevo dos baterías extras en la mochila. Pido al chico que me precede si puede alumbrarme para hacer el cambio. ¡Maldición! Algo no funciona. Pruebo una tercera batería y el frontal sigue sin dar luz. Maldigo, pataleo, quiero echarme a llorar. La oscuridad es envolvente, no veo ni mis pies y para más inri comienza ahora el descenso de la senda de las cien curvas. Sólo el nombre asusta. Sergi Fernández, así se llama mi ángel de la guarda, me tranquiliza quedándose conmigo para poder hacer camino juntos. No tengo palabras para agradecer su gesto. Soy consciente de la lentitud con la que avanzamos. El sendero se las trae y resulta imposible caminar de a dos, uno de tras de otro mi visibilidad es la justa. Si no llega a ser por él, imposible bajar por allí sin luz. En el avituallamiento de abajo pediré un frontal. En caso de no conseguir uno, barajo las posibilidades, esperar a que amanezca (aún queda más de tres horas) o retirarme. ¡No, no, no! No he llegado hasta allí para no acabar.

La suerte vuelve a sonreírme. Con una luz prestada entro de nuevo en carrera. Respiro aliviada por mí y mi salvador, que podrá marcharse tranquilo. Unos kilómetros de pista y carretera permiten recuperar sensaciones y ritmo. Amanece en pleno ascenso al St. Lis, parece que la temperatura hubiera bajado, pero miro el cielo totalmente despejado y sé que en un rato sentiremos el calor castigándonos. En el descenso hay que ir con mil ojos. Las cintas enroscadas a las ramas por el viento no se distinguen y hasta en tres ocasiones tengo que volver sobre mis pasos. A estas alturas los pies empiezan a quejarse ya de tanta piedra. Porque otra cosa no, pero piedras, piedras y más piedras son la tónica general de este recorrido.

El barranco que nos lleva a las inmediaciones del Congost es un continuo sube y baja. Inesperadamente un dolor intenso en un tobillo empieza a preocuparme. No recuerdo habérmelo torcido ni haberme dado ningún golpe. Sólo en las subidas parece darme tregua, permitiéndome desconectar por momentos. Rezo para que me aguante hasta el final.

Un puente colgante, suspendido a una considerable altura del río Noguera, me lleva al inicio de la ruta del Congost del Mont-Rebei. Espectacular desfiladero excavado en la roca siguiendo el cauce fluvial. Acantilados de hasta 500 metros de altura en los puntos más vertiginosos, un azul cristalino bajo nuestros pies y unas escaleras de infarto colgadas en la pared de enfrente, dotan al paisaje de una belleza sin igual. Ensimismada con el entorno olvido el dolor, que acaba desapareciendo de la misma forma que vino.

Última dificultad, el St. Lis, ascenso complicado por un camino de considerable pendiente y tierra suelta donde las fuerza parecen abandonarme. El calor hace mella y los pies me duelen horrores. Avanzo un paso, retrocedo dos. Me cuesta mantenerme erguida. Los calambres acechan. El tramo final provisto de cuerdas con pasos de gigante saca lo peor de mí. Juro en arameo. Quiero sentarme en una roca y descalzarme para aliviar mis pies. Me resisto, sé que arriba todo irá mejor.

Troto por una pista que recorre la cima, agradeciendo el aire. No veo a nadie en lontananza. Miro hacia atrás, tampoco. Empiezo a dudar. Ya no sé si voy bien. Retrocedo y busco unos matorrales que me proporcionen sombra para poder ver la pantalla del móvil; llamo a la organización. Iba en la dirección correcta. Media vuelta de nuevo y ahora ya sí estoy segura que queda poco. Avituallamiento final, y descenso a meta. El calor es ahora implacable. Son tantas las ganas de llegar que se me antoja interminable; carretera, sendero pedregoso y pista hasta la meta, sita en el camping de Ager. Y miro al cielo: Ángel; una vez más me enfrenté a mis demonios y sobre todo, hoy corrí por ti.

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Dulce que te quiero dulce

Casi puedo oler los recuerdos. Esos aromas que impregnaban la casa de mis abuelos cada vez que se abría la puerta de la cocina. Veo a mi abuela siempre trajinando junto a los fogones, haciendo de cada plato, por muy sencillo que fuera, una delicia. Habían sufrido los rigores de la guerra, el hambre, y para ellos comer era ahora un privilegio. Las reuniones familiares, celebraciones, transcurrían alrededor de la mesa, y entre bocado y bocado pasaban las horas inmersos en largas tertulias. Comíamos bien, productos naturales, de la tierra, saludables desde un punto de vista nutricional, pero tal vez en exceso. Para mí, que tan solo era una niña, no suponía esto ningún problema, ni seguramente fuera consciente de ello.

Familia de tradición montañera, no pasaba un fin de semana sin que hiciéramos una excursión. Siempre inquieta y activa, más aún cuando me consagro en cuerpo y alma a la dura disciplina de entrenar a diario en la piscina, no veía razón para plantearme si lo que comíamos era mucho o poco; todo lo gastaba.

Mi madre no heredó las dotes culinarias de mi abuela. Las circunstancias también eran otras. Empleada de banca desde los dieciocho años, no creo que le quedaran muchas ganas de dedicarse a la cocina. Pero comíamos bien. Lo que nunca encontraríamos en casa serían productos como Nocilla, Colacao, bollería industrial, cereales de desayuno... pero nunca nos faltaron nuestros buenos bocadillos y fruta para el almuerzo y merienda. Solo los fines de semana y sobre todo después de una competición, hacía una concesión, agasajándonos con algún capricho. Era una ocasión especial y esperada, momentos de complicidad compartidos con mi madre alrededor de un dulce, y que aún hoy en día seguimos manteniendo cada vez que tenemos algo que celebrar (y si no, nos lo inventamos). Seguramente muchos psicólogos encontrarán la razón de mi deseo por el dulce en mi infancia, asociado a una especie de “premio”; yo creo simplemente que disfruto con una buena taza de chocolate caliente, una sabrosa tarta de manzana o un delicioso helado, y si es  compartido con la gente que quiero, mejor que mejor  

Entre piscinas, libros y “premios” transcurre mi infancia y adolescencia, sin motivos para inquietarme por mi alimentación y menos aún por mi peso.

Al acabar la selectividad decido posponer mis estudios universitarios para lanzarme a la aventura de arreglármelas yo sola en un país extranjero donde aprender el idioma. Elijo París como destino. Toda mi vida estructurada se tambalea. Trabajo en una casa cuidando a un niño y realizando las labores del hogar. Vivo en una habitación de huéspedes, como ellos lo llaman. Hay una pequeña placa eléctrica sobre una encimera, una cacerola y una sartén. No tengo nevera. Esto y lo poco que me gusta cocinar, todo hay que decirlo, contribuyen al caos. Como a cualquier hora, cuando tengo tiempo y hambre, todo ya preparado, rápido y sin prestar atención a la calidad de los alimentos. A pesar de correr seis días por semana, mi peso se resiente. No será hasta mi regreso a casa cuando tome conciencia de ello. Con unos kilos de más y unos malos hábitos adquiridos (pero un idioma con el que podía manejarme, no todo iba a ser negativo) retomo los entrenos de atletismo a lo que se suma la piscina y el descubrimiento de la bici. Tengo la firme determinación de prepararme para mi primer triatlón. Horas de ejercicio, clases en la universidad, trabajo en una piscina... todo vuelve a la normalidad.

Unos años mas tarde y ya inmersa en el fascinante mundo del triatlón, me traslado a Madrid con una beca deportiva para entrenar y vivir en un centro de alto rendimiento. Podré consagrarme a lo que más deseo, nadar, pedalear, correr, sin tener que preocuparme de nada más. En un ambiente totalmente deportivo, la imagen corporal cobra un peso, nunca mejor dicho, fundamental, rayando la obsesión. Me siento señalada por no estar “fina”. Persigo de manera enfermiza ese “peso ideal”, alternando periodos de privación con atracones varios. El objetivo es eliminar esos kilos de más, alcanzar el cuerpo perfecto. Mi relación con la comida se deteriora hasta el punto de convertirse en el enemigo. Incapaz de controlar la situación, surge el sentimiento de culpa.

Atraída por los raids, abandono la residencia para vivir por mi cuenta. Mi alimentación depende una vez más de mis elecciones a la hora de comprar y cocinar. Motivada por aprender y conocer los entresijos del cuerpo humano y su relación con la alimentación, leo con pasión libros sobre esto. Obsesionada con adelgazar, tal vez la elección no fuera la más idónea. Caen en mis manos libros como la dieta de la zona, la dieta del grupo sanguíneo, los secretos eternos de la juventud, la enzima prodigiosa, el arte de saber alimentarte, la dieta del genotipo, la isodieta, la paleodieta, nutrición en el deporte, la guía completa de la nutrición del deportista, libros sobre vegetarianismo (empiezo a plantearme de donde viene lo que comemos y la idea de una alimentación libre de sufrimiento animal empieza a emerger en mí. En otra entrada hablaré del tema) e incluso realizo un curso de nutrición deportiva, absorbo todo lo leído y pongo en práctica muchas de las indicaciones, observando las reacciones de mi organismo. Atravieso etapas donde me acerco al ideal perseguido y otras donde me alejo ostensiblemente. Constato que no son tanto el tipo de dietas sino el momento anímico en el que me encuentro lo que influye decisivamente en mi forma de comer y por tanto, en mi peso. Con la llegada del invierno; el frío, las pocas horas de luz, la escasez de competiciones, la reducción del volumen de entrenamiento… Mi ánimo decae y soy más vulnerable a descontrolar la alimentación. Cuando más en forma me siento, mayor es mi voluntad a la hora de cuidarme y se inicia así un proceso inverso muy estimulante. Advierto también como mi cuerpo, cada vez más habituado a esfuerzos de largo aliento, se va haciendo ahorrador y cada vez necesita menos. Incluso me sorprendo por los cambios corporales, seguramente por acumulación de líquidos, los días de descanso o tras una carrera de larga distancia. El cuerpo es una máquina que responde para bien o para mal a los cuidados o agresiones que le procuramos o infringimos.

Empiezo a ver los alimentos como la gasolina que hace funcionar mi cuerpo. Ya no me preocupa tanto si engordan o dejan de engordar, sino si estoy procurando a mi organismo los nutrientes necesarios para que trabaje adecuadamente. Es cierto que el cuerpo tiene una capacidad de adaptación asombrosa, pero si no le damos alimentos de calidad, acabará quejándose de una u otra forma, y tengo claro, por encima de todo, que lo que más deseo es continuar con mi práctica deportiva del día a día, sin desfallecer motivado por una inadecuada alimentación.  

He aprendido en estos años, observándome, como éste es un problema que afecta a muchos deportistas (más a ellas que a ellos por los estereotipos sociales que marcan lo que es un cuerpo “ideal”), el error de base reside en el planteamiento que hacemos respecto a la comida. Se busca una dieta, unas pautas que nos hagan adelgazar en lugar de aprender a comer de manera equilibrada y saludable para estar sanos y con la energía necesaria para afrontar nuestros entrenamientos.

La comida ha dejado de ser mi enemigo. Controlo lo que como, pero sin obsesiones, aportando al organismo combustible del bueno. Y sí, me procuro mis caprichos, siendo consciente que tal vez no sea lo más adecuado nutricionalmente hablando, pero disfruto el momento, libre ya de ese sentimiento de culpa, pero siendo consecuente con mi decisión. No tengo el cuerpo que hubiera deseado y aún a sabiendas que con algún kilo de menos mi rendimiento sería mayor, estoy en paz conmigo misma aceptando que no podría negarme a un dulce.

Que duda cabe de que un peso extra influirá negativamente en el rendimiento deportivo. Mas no creo que nadie que esté leyendo esto vaya a participar en unos Juegos Olímpicos, así que está muy bien cuidarse, es más, debemos hacerlo por salud pero sin desatender el equilibrio emocional. Privarte constantemente de ese dulce u otro “capricho” que te apetezca (sé que muchos estaréis pensando en la cerveza y aunque nunca defenderé la ingesta de alcohol, beber de forma moderada y responsable puede incluirse en estas concesiones de las que hablo), convirtiéndote en esclavo de la rigidez, acabará a buen seguro, resintiendo tu estado anímico.

Alimentémonos de forma consciente, cuidadosa y consecuente con nuestra filosofía de vida para poder disfrutar del deporte que tanto nos gusta, pero sin caer en los extremos. Y sobre todo, sintámonos agradecidos por poder elegir.

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Nerea en el Alto Sil

Mucho ha llovido desde que Lolo Díez, allá por el 2009, pusiera toda la carne en el asador para organizar en su tierra –Páramo del Sil, León– la que en pocos años se ha convertido en una de las carreras de trail referentes del panorama nacional, con presencia en las últimas ediciones de algún que otro corredor internacional de renombre. La Alto Sil se ha ganado por derecho propio un hueco en el calendario de todo corredor de montaña que se precie.

Tras varios años de ausencia, esta vez no podía resistirme a la invitación del gran artífice de esta fiesta del trail, que no contento con el ya exigente trail Alto Sil, ha añadido al programa el kilómetro vertical La Bobeda, ofreciendo la posibilidad de participar en ambas carreras y entrar en una clasificación combinada.

Cómo no, opté por esta propuesta para completar un fin de semana de pura montaña.

Creo que puedo contar con los dedos de las manos los kilómetros verticales en los que he participado. Me encanta subir, pero arrancar así de buenas a primeras y tratar de poner toda la maquinaria a pleno rendimiento, no es lo mío.

El kilómetro vertical La Boveda arranca en el pueblecito de Salentinos, pedanía de la comarca de Páramo del Sil. Un lugar tranquilo que guarda su arquitectura tradicional de tejados de pizarra y paredes de piedra y que junto a su calzada empedrada y antiguas construcciones de la lechería y fábrica de la luz que aún se mantienen en pie, dan al lugar un aspecto característicamente rústico. Situado en un frondoso valle cercano al famoso pico de Catoute, sus montañas son visitadas por los amantes del trekking.

La carrera parte del mismo pueblo y en solo 4 kilómetros supera los casi 800 metros de desnivel que lo separan del pico La Boveda, fin del cronometraje. No he hecho más que arrancar y siento ya las piernas estallar. Trato de imprimir un ritmo fuerte, pero me siento atascada. La nieve cubre por completo el camino desde casi el inicio obligándome enseguida a caminar. El cielo se abre y nos regala una vista maravillosa de toda la ascensión. Como el ritmo no es agónico, pues no soy capaz de exprimirme hasta ese punto, acabo disfrutando. En la cima el viento frío no deja ni un instante a la contemplación. El descenso, ya fuera de carrera, deslizándonos por la nieve, es un regalo para las piernas.

La mañana siguiente un cielo gris amenazante de lluvia envuelve Santa Cruz del Sil, otro de los pueblecitos de la comarca de Páramo del Sil, donde tiene lugar la prueba de trail. De fundación también medieval, el núcleo urbano se encuentra situado en la ladera de la montaña, aprovechando así las tierras llanas para la agricultura.

Desde su primera edición, esta prueba ha gozado de una gran aceptación en la zona, involucrando a todo el pueblo de Santa Cruz que se entrega totalmente a los corredores.

Mucho ha crecido esta carrera desde mis primeras participaciones. El centro del pueblo, desde donde tiene lugar la salida, parece un hervidero de gente. A la de tres, dos, uno, arrancamos como alma que lleva el diablo por una empinada cuesta de cemento que a mí me ponen ya las piernas a punto. ¡Cómo me cuesta arrancar! Los primeros kilómetros en subida me resultan agónicos. Es un querer y no poder. Mi  mente no ayuda mucho, quiero pararme, darme la vuelta y dejar de sufrir..., pero recuerdo que estoy allí porque quiero correr, y sé que más adelante, cuando me estabilice en mi ritmo, todo irá bien. El recorrido me va sorprendiendo por momentos, con muchos tramos nuevos que no conocía, lo que hace que disfrute como si de una carrera nueva se tratara. Lolo logra cada año darle una vuelta de tuerca al circuito, buscando como endurecer más aun la carrera.

Cruzar el pueblo abandonado de Primout, que aún conserva sus casas con la arquitectura típica, te transporta a la época en que esta región vivía su apogeo gracias a la minería. Desde aquí un divertido tramo cruzando el río en diversas ocasiones, cuyas frías aguas dejan los pies sin sentido. Como colofón, una última subida al Pico Negro. El desnivel es considerable y el terreno no muy cómodo, pero los gritos de ánimo que se escuchan desde arriba nos dan aliento. Desde la cima a meta unos kilómetros donde disfrutar corriendo a buen ritmo y llegar a Santa Cruz bajo los aplausos de toda una multitud que abarrotan el centro.

¡Que buen sabor de boca deja siempre esta carrera!

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Campus Life