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  • 2015 
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Basque Ultra Trail Series: Cuando las raíces llaman

Nace con luz propia un proyecto que pretende enlazar las cuatro capitales de las comunidades Autónoma Vasca y Foral de Navarra. Inspirado en la marcha que el montañero de Tolosa Sheve Peña realizara en 1953 uniendo las cuatro catedrales de Bilbao, San Sebastián, Pamplona y Vitoria, surge el circuito Basque Ultra Trail Series (BUTS ); cuatro etapas que unirán estas ciudades a lo largo del año, entre febrero y octubre.

En cuanto supe de esta empresa, no tuve dudas. Sería el objetivo del año. Atractiva excusa para regresar a la tierra que me vio nacer y recorrer las montañas más emblemáticas del País Vasco y Navarra. Y es que las raíces llaman.

La primera etapa, Bilbao-Vitoria, 110km y 5400+, con el Gorbeia como punto más alto, me pillaba un poco temprano en la temporada. El invierno se hace duro para entrenar lo suficiente y una siempre tiene la impresión de llegar falta de kilómetros. Pero hay muchas ganas y eso es lo más importante.

La salida a las doce de la noche siempre es un quebradero de cabeza. El día transcurre lentamente entre preparativos, descanso, dudas sobre cuándo y qué cenar, ropa a llevar… Nadie puede ayudarnos en el transcurso de la carrera, por lo que la previsión del material es muy importante.

La noche es fría y ahí arriba la temperatura debe rondar los cero grados. Arrancamos desde el mismo centro de Bilbao recorriendo algunas de sus calles para -en algo más de dos kilómetros- abandonar el asfalto. No hay excesivo barro, pero los senderos y piedras patinan que da gusto. Es como si dieras dos pasos para adelante y uno para atrás; hay que ir con cuidado y afianzar cada pisada. Las sensaciones son buenas pero los kilómetros parecen no pasar, es como si el reloj se hubiera detenido, mejor no mirarlo. Veo a Tito en dos puntos de avituallamiento y aunque no puede ayudarme, siempre es un golpe de moral saber que tienes a alguien ahí pendiente. Hasta bien entrada la mañana no nos volveremos a encontrar.

El frío empieza a morder ya obligándome a ponerme Buff, guantes y cortavientos. Llevo más ropa en la mochila por si las moscas, pero creo que así podré pasar lo que queda de noche. Amanece llegando a la majada de Austigarmin, paraje en medio de la montaña que sirve de refugio al pastor y su ganado durante las épocas del pastoreo y trashumancia y una de las pocas que aún se conservan en activo dentro del Parque Natural del Gorbeia. Todo este tramo boscoso de hayedos es espectacular y algo técnico; avanzo fuera de sendero, sorteando troncos y rocas. Cruzo el río metiendo los pies en el agua. ¡Qué frío! No los volveré a sentir en un buen rato. El bosque se abre para dejarme ver la cima del Gorbeia manchada de blanco.

 

El sol calienta la otra cara, pero no ésta; sólo deseo sentir la calidez de su abrazo. Los pies empiezan a reaccionar provocando un dolor incómodo. El descenso no permite distracción. Demasiada piedra con la que tropezar. Bajo y bajo hasta cruzarme con unas mujeres que extrañadas al verme de tal guisa me preguntan si hay carrera. ¡Mi voz de alarme se activa! Miro el reloj y clamo al cielo, jurando en arameo. ¡Estoy fuera del track! No puede ser, no he visto ningún cruce. El camino de descenso era tan evidente que ni fui consciente de si había marcas. Di media vuelta y desandé el camino. Imposible correr ahora hacia arriba. Me encuentro a otros tres chicos que al igual que yo habían seguido la misma ruta. Tardamos un buen rato en volver a encontrar las cintas. Me han caído al menos veinte minutos con este estúpido despiste. El cabreo que tengo es monumental, no están las piernas para ir regalando kilómetros.

Llego a Murgía, base de vida. Está Tito esperando y me anima diciendo que aún queda carrera. En un intento de no perder tiempo y ante la atónita mirada de unos cuantos y del propio Tito, echo los macarrones y el melocotón en almíbar en una ziploc y salgo corriendo con la intención de ir comiendo por el camino. Voy con ganas y en una sucesión de sube-bajas dejo atrás Ganalto. A partir de aquí el camino se me antoja “pestoso”. Una pista pedregosa que se extiende en lontananza y no sabes si llanea o sube. Soy consciente de que mi ritmo ha decaído, pero me siento incapaz de seguir trotando. A lo lejos unos molinos de viento a cuya altura vuelvo a despistarme un poco. No hay sendero evidente ni las marcas están claras. Guiándome por el track logro reubicarme aunque tengo un momento paranoico de creer que estoy retrocediendo.

Afortunadamente aparece alguien de la organización remarcando, pues parece ser que han quitado algunas cintas. Un largo descenso me lleva a Langraiz. El calor aprieta ya, sin llegar a ser molesto. La distancia con Silvia es insalvable; pero no tiro la toalla y salgo con fuerza hacia el cortafuegos que me mira imponente. Subo con alegría pensando que al otro lado está ya Vitoria esperando. Ilusa de mí. Me aguarda aún una montaña rusa de senderos que van llevando a cada una de las cuatro antenas que se alzan en el lugar. Parece interminable. Último repetidor y ahora ya sí, bajada a meta. Se hace larga la llegada. Mi cabeza me ordena caminar pero me resisto; cuánto más rápido avance antes acabo. Veo a mi hermana arrastrada casi por Copito que al verme no duda en darme alcance. Sonrío, ya estoy.

Una más para la saca, rodeada de mis seres más queridos. Agradecida por poder seguir subiendo y bajando montañas zancada a zancada

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