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  • 2015 
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Ultrail La Covatilla: Cuando las cosas se hacen bien

Si unimos Sierra de Béjar, Miguel Heras y ultra-trail, imposible resistirse a la llamada. Mis piernas llevan quejándose toda la semana (por no decir estos últimos años) pero la ilusión de correr en el patio de recreo de uno de los mejores corredores de montaña del mundo y compañero de aventuras durante nuestra época como raiders, acallan las dudas sobre mi estado para afrontar una ultra más. Ochenta kilómetros pueden no parecer muchos cuando una está acostumbrada a lidiar con distancias mayores, pero no deja de ser una cifra que asusta y más cuando no sabes cómo va a responder tu cuerpo.

A las 7:00 de la mañana, bajo una noche fría (parece que el invierno hubiera llegado de golpe), partimos a la aventura desde la plaza Béjar. Salgo con tantas ganas que me veo liderando el pelotón; miro para atrás animando a los chicos a que tiren. Abandonamos el asfalto para entrar en una zona boscosa donde el camino se torna en sendero y serpenteando, arriba y abajo, vamos ganando altura sin darnos cuenta. El bosque se abre y el amanecer nos saluda, azotándonos con un viento gélido que obliga a abrigarse. Paso de largo el avituallamiento de La Covatilla buscando la cima y el sol que me caliente. No hay quien esté en la cuerda. Llevo un correr torpe; entre el frío que me entumece las piernas y que mires donde mires, no hay más que piedras, acabo tropezando y cayendo de bruces. Siento un dolor intenso en la rodilla, pero no hay lugar para lamentaciones; parece que puedo seguir corriendo. Debo aumentar la concentración porque el terreno no está para bromas. Piedras, rocas, barro, resbalones, tropiezos… El descenso a la Laguna de Solana tiene su gracia. Vuelvo a caer cuan larga soy (no mucho, la verdad sea dicha), esta vez sobre blando, en un lodazal de barro y excrementos de vaca que me dejan de mierda hasta arriba. Más adelante una vacada (rebaño de vacas) en medio del camino me miran sin saber muy bien hacia dónde tirar; con un palo alzado en una mano y gritando cual vaquera hago avanzar a los animales al trote camino abajo. Como no se aparten voy a llegar con ellas al avituallamiento.

Avanzamos entre las rocas, trepando a veces, en un paisaje majestuoso, ascendiendo poco a poco hasta llegar al canal donde la pendiente sí se pone seria. El descenso no permite un momento de relax. Hay que ir con mil ojos para no resbalar, tropezar o meter los pies entre las rocas. Me acojono en un paso delicado; hay que girarse sobre una roca en forma de panza que parece escupirte hacia afuera, agarrar una cadena, llevo las manos heladas y los guantes calados, no lo veo claro. Consigo salir de allí con las indicaciones de un chico. El terreno técnico no da tregua hasta salir a una pista donde poder, al fin, alargar un poco la zancada. Las piernas responden y bajo alegre hasta el avituallamiento. Un corto ascenso a través de un bosquecillo y un larguísimo descenso por lo que parece una antigua calzada romana que parece no acabar nunca. El camino es precioso pero desgasta. Atravieso Hervás por su entramado de callejuelas y casas judías, vestigios hebreos que aún perduran.

 

El calor ahora aprieta. O a mí me lo parece después del frío que he pasado por ahí arriba. Un terreno más cómodo me hace pensar que todo irá ahora más rápido. Los ojos me escuecen del sudor salado; transpiro profusamente y los calambres no tarden en hacer acto de presencia. Tibiales y cuádriceps se me contraen de forma involuntaria a cada paso. ¡Joder, ahora no! Debo aminorar el paso, tomarme dos cápsulas de sal, beberme todo el líquido que llevo y rezar para que se me pasen. Me golpeo los cuádriceps con ganas, en un intento de relajar la musculatura. Veo con desesperación cómo el camino invita a correr, pero mis piernas no me dejan. Bajando a Baños de Montemayor hago un tímido intento de echar a trotar; ahora sí.

Última subida a Peña Negra, que a estas alturas de carrera parece no tener fin. El dolor de pies es insoportable; no hago más que mirar hacia arriba buscando el collado que ponga fin a esta tortura. El primer tramo de descenso, por una pista ancha, es una bendición para los pies. Corro a todo lo que doy en un intento de ganar al sol, que se esconde ya. Abandono la pista por un sendero que se adentra en el bosque y muy a mi pesar me veo obligada a encender el frontal. Bajo con tantas ganas de llegar ya que tropiezo una vez más y caigo como un saco de patatas. ¡Joder, que hostia! Con cuidado, no la líes ahora. Entro en Béjar y me relajo por fin, dejándome llevar por la emoción.

Me hacía especial ilusión correr en la ultra de Miguel Heras. Prueba que como dijo otro gran amigo, Depa, ha venido para quedarse. Recorrido espectacular, técnico y exigente, bajo una organización que sabe lo que se hace.

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